martes, 12 de mayo de 2015

Mi antes y después...


Escena 1:

Amiga llamándome por teléfono a las 7 de la noche: “Hola tú, vamos a ir a cenar a Coyoacán, ¿vienes?”.

Yo: “La verdad no, estoy muy cansada, tengo mucho sueño y aún no se me quitan las náuseas”.

Escena 2:

Amigos corredores: “Oye, vamos a entrenar mañana a las 6 de la mañana en el Sope y después vamos por jugos, ¿vienes?

Yo: “Prefiero ir a caminar al parque que está por mi casa a las 9 de la mañana y desayunar barbacoa con champurrado porque ¡traigo un antojo!...”

Escena 3:

Amiga con ropa recién desempacada de su último viaje a Estados Unidos: “¡Ven a ver la ropa que traje! Hay unos vestidos sensacionales…

Yo: “¡Súper! Pero, ¿no trajiste ropa para bebé?”.

Escena 4:

Amigos intensos: “Nuestras siguientes vacaciones podríamos ir a acampar, bucear, hacer tirolesa… ¿Qué te parece?

Yo: “Por supuesto que no… bebé va a tener 3 meses y no lo voy a exponer al agua contaminada, moscos, exceso de sol, etcétera… ¿Porqué no hacemos algo menos intrépido?

Hace poco me preguntaron quién era yo antes de saber que estaba embarazada. Y sí, esa era yo: fiestera y social a más no poder, corredora empedernida (aunque justamente una noche antes estuviera socializando), compradora compulsiva, viajera aventurera capaz de quedarse acampando a un lado del río con corriente creciente, y eterna preocupada por el ejercicio y la dieta.

Entonces, en menos de seis meses, mi vida dio un giro impresionante. Conocí a una persona y quedé embarazada.

A pesar de que ambos deseábamos ser padres, fue una verdadera sorpresa. Los dos profesionistas, mayores de 35 años y súper independientes, de repente nos enfrentábamos a la responsabilidad que implica tener un hijo y las dudas que asaltaban nuestra cabeza: ¿Cómo cambiaría nuestra vida?, ¿Seríamos buenos padres?, ¿Qué pasaría si nos quedábamos sin trabajo?, ¿Íbamos a lograrlo a pesar de vivir en países diferentes?, etcétera, etcétera, etcétera.

Actualmente tengo 20 semanas de embarazo y las dudas siguen presentes. Sin embargo, a título personal y a pesar de muchísimas dificultades de todo tipo, puedo decir que esta ha sido la etapa más maravillosa de mi vida, pues he sentido en carne propia lo que es amar infinitamente a alguien, aún sin conocerlo. Así, he cambiado la juerga con mis amigos por cursos de porteo, psicoprofiláctico y liga de la leche. He dejado de lado la obsesión por mis kilos y mi cuerpo, y ahora doy gracias a la vida diariamente por permitirme tenerlos, pues ellos demuestran mi capacidad creadora, mi capacidad de dar vida a un nuevo ser. Sin pensarlo siquiera, solamente llevada por el instinto y por el amor, he convertido las necesidades de mi bebé en lo único y más importante. Y sí, he cambiado la aventura extrema por la comodidad familiar, por el bienestar de esa pequeña personita que me ha sacado lágrimas de felicidad en cada ultrasonido y con cada patadita en mi vientre.

Aprendí que tener un hijo representa el origen de no sólo de una vida, sino de la humanidad entera. Gestar un bebé te conecta con inicios no solamente biológicos, sino incluso filosóficos y hasta espirituales. Y como si esto fuera poco, el ser madre te hace sentir un amor único, puro y auténtico. ¿Puede haber acaso una experiencia más sublime y maravillosa?

Efectivamente, he cambiado. A partir de que estoy embarazada, doy gracias a la vida por darme esta grandiosa oportunidad de aprender el verdadero amor, y a mi bebé, por haberme escogido como a su madre. Sin duda, no cambiaría todo esto por un vestido, una fiesta, un viaje extremo o un cuerpo perfecto, porque ahora más que nunca, ¡amo ser mamá!

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