domingo, 27 de marzo de 2016

Cambios y más cambios


 
Antes de que mi hija naciera, pensaba que iba a poder amamantarla todo un año. Siempre he sido prolactancia y era algo que quería promover: el derecho de cualquier mujer a amamantar donde le dé la gana. Sin embargo, mi hija nació diez semanas antes de lo previsto e ingresó inmediatamente a terapia intensiva. 
 
Debido al estrés, mi producción de leche disminuyó bastante y lo más que lograba sacarme, con mucho esfuerzo y dolor, era una onza. Insuficiente para alimentarla exclusivamente con mi leche. Cuando mi nena salió del hospital seguí dándole pecho como pude, obviamente complementando con fórmula.
 
Amamantar generó una conexión maravillosa con mi hija. No sólo la alimentaba, sino que la reconfortaba. Cada vez que lloraba sin motivo aparente, mi mamá me decía: "Dale tú", y funcionaba. Mi nena dejaba de llorar y hasta se quedaba dormida.
 
Era una maravillosa relación idílica y perfecta. 
 
Hasta que bebé cumplió siete meses. Un día me empujó, se empezó a enojar, y así, sin más, se nos terminó la lactancia.
 
El vínculo "idílico y perfecto", se sustituyó por arrullos indispensables para dormir, acompañados de una canción cantada por mamá. 
 
Últimamente, ni los arrullos ni la canción son necesarios después de un baño calientito y un biberón. Mi hija cae rendida casi hasta el día siguiente y poco a poco ha dejado de necesitar mis brazos para conciliar el sueño.
 
La cuestión es que durante la maternidad siempre se sufren cambios. Los hijos van creciendo y las circunstancias se van modificando, no solo para ellos, sino para nosotras las madres. 
 
Cambian los intereses, cambian las prioridades, cambia la percepción de las cosas e incluso cambian las amistades. 
 
Justamente hace un par de días fui a dejar a abuelita a su casa (mi mamá ahora está instaladísima en su papel y feliz con sus dos nietas) e iban saliendo unas jóvenes que platicaban del antro nuevo que iban a conocer. Nosotras íbamos llegando de la Granja de las Américas. Hace dos años, yo hubiera sido una de esas jóvenes. Actualmente, salir de antro no está en mis planes. Es más, creo que ni salir de noche, estimando que me duermo cuando muy tarde, a las 10 y media.
 
Ahora, me sorprendo a mi misma buscando lugares para pasear donde haya actividades para niños o al menos un gran jardín donde pueda tumbarme sobre el pasto junto a mi hija. Y he encontrado lugares buenísimos, a los que seguramente jamás hubiera ido de no ser porque ahora soy mamá.
 
También me he sorprendido a mi misma disfrutando de la compañía de otras mamás. Más aún, yo que pensaba que convivir con ellas sería difícil por las críticas y opiniones no solicitadas, me he dado cuenta que las demás mamás son bastante respetuosas y muy empáticas (a lo mejor he sido afortunada en toparme sólo con tipazas), a diferencia de otras personas que han criticado mi forma de crianza o mis decisiones, sin ser madres o padres.
 
Pronto se nos avecina otro cambio: la entrada a la guarderia. Espero esa experiencia con mucha emoción, deseando con todo el corazón sea algo benéfico para el desarrollo de mi hijita. 
 
Porque cada decisión que he tomado por muy rara, criticada o absurda que parezca, ha sido muy pensada y muy analizada. Sobre todo, ha sido tomada con confianza. Confianza en mi misma, confianza en mi instinto materno y confianza en que yo soy la única que sabe qué es lo mejor para mi petite.
 
Así son los cambios. Los cambios en relación con los hijos y en relación con el mundo que nos rodea. Los cambios que se dan, sin querer, cuando uno entra al maravilloso mundo de la maternidad. Los cambios que nos ayudan a desprendernos, a desapegarnos y a crecer. Amo los cambios. Bienvenidos sean a mi vida y a la de mi hija. 
 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Aprendizajes



Yo, que recientemente acababa de ser mamá y tenía algunos meses sin salir con alguien, un día me aventuré y conocí a una persona en una de esas tantas aplicaciones electrónicas. Mi justificación era: "Me la paso todo el día encerrada en mi oficina y los fines de semana paseo solamente con mi nena, así que necesito ampliar mis círculos".

Así fue como conocí a GSJ. Un buen tipo que físicamente cumplía con lo que a mi me gustaba. Alto, fuerte, de mirada penetrante y un aspecto que a mi me agradaba, aunque mi mejor amiga decía que tenía todo el tipo de nerd y que además no se le hacía sincero. "Cuestión de enfoques", decía yo.

La atracción física no lo es todo y empezamos a conocernos. Al final, la relación fue un completo desastre: gritos, sombrerazos, reclamos y un "ya no siento nada por ti" y "yo tengo derecho a desenamorarme", acabaron por darle al traste.

Sin embargo, debo reconocer que de GSJ aprendí. Aprendí lo que quiero y lo que no, si quiero rehacer mi vida.

De entrada, una vez más el destino se encargó de demostrarme (porque al parecer yo no aprendía) que el amor no es algo que puede darse en un mes y que mucho de lo que se dice durante la etapa del enamoramiento, es producto de solamente de la excitación y la adrenalina. Es la etapa en la que ambos juegan a generar expectativas y formarse ilusiones. Y no está mal, pero un "te amo" implica mucho más compromiso y una relación mucho más duradera y profunda. Tiempo al tiempo y con calma, ¿qué prisa hay?.

Pero vaya que GSJ y yo llevábamos prisa. En un mes hablamos de casarnos, de la posibilidad de comprar una casa, de vivir juntos y de la educación que entre ambos le daríamos a mi pequeña hija. Él me aseguraba que yo no tendría que trabajar por necesidad y que siempre nos apoyaría porque éramos una familia. Solíamos salir a desayunar o comer nosotros tres y me decía que se sentía halagado porque sabía que la gente pensaba que él era el papá de mi bebé. Incluso hablábamos de pasar la Navidad juntos y de hacer unas vacaciones en verano.

Lo reconozco. Todo eso me encantaba. Y creo que eso es lo que busco en una pareja. Alguien que me quiera, y que nos respete, a mí y a mi hija. Alguien con quien formar una familia, a pesar de que muchas personas dicen que eso es prácticamente imposible por las circunstancias.

Sin embargo, definitivamente busco algo duradero y no solamente producto del enamoramiento. El dichoso "amor" que sentíamos nos duró sólo 45 días aproximadamente. GSJ empezó a portarse distante y yo empecé a ser demandante. Quería que las cosas funcionaran "a como diera lugar".

Esta vez no sólo me aceleré, sino que en un afán de conservar algo que creía perfecto, pasé muchas cosas por alto. No me importaban las constantes referencias a las exnovias, ni las etiquetas puestas a otras mujeres, ni que GSJ gustara de algunas prácticas que a mi incluso me desagradaban. Ni siquiera me importó que GSJ en un afán de ser "sumamente honesto" me dijera que él era un hombre infiel.

A una semana de haber terminado con esa relación, puedo decir que estaba cegada por la fantasía, por las ilusiones y por los castillos en el aire que iban acompañados de buenas conversaciones, muchas atenciones y buenos momentos (no lo puedo negar).

Parecía un cuento de hadas, pero al hacer caso omiso de lo que no me gustaba, me negaba a mí misma que había un problema y que posiblemente no íbamos a poder ser la familia que yo tanto había soñado.

Obviamente, llegó el día en que la relación que creíamos tan fuerte -sólo lo creíamos, porque en realidad era sumamente endeble-, se terminó.

A pesar de cómo terminó todo, y del dolor que sentí, creo que debo agradecer a GSJ que me demostrara que seguramente en algún lugar del mundo habrá una persona con la cual pueda cumplir mis sueños y ser feliz. Quizá sí, un poco como él, pero con quien pueda formar una relación sólida y duradera, construida sobre cimientos firmes con el paso del tiempo.

Porque, quieras que no, lo que tuvimos fue como un arcoíris: hermoso, pero pasajero.